Del bosque al camino

Hola a todos, bienvenidos a mi blog, un blog personal donde escribo por afición y por devoción. Cuando me siento aburrido en ocasiones releo antiguas entradas mías para buscar en ellas el cambio en mi persona con el pasar de los años. Algunas de ellas, de las entradas me refiero, no tienen una segunda lectura agradable, ya que se centran exclusivamente en baloncesto y en la actualidad de mi equipo en ese momento, lógicamente al volver a ellas mese o años después no tienen poso al estar fuera del foco de la inmediatez. Sin embargo otras sobreviven bastante bien al paso del tiempo, es en ellas donde me busco, mis avances como persona, mis mejoras en la escritura, mis cambios de opinión sobre lo que escribí en un momento dado y lo que pienso ahora. Me enriquece y me entretiene. Sé que algunos de vosotros también buceáis de vez en cuando por antiguas entradas y os centráis también en las de esas características. El chivato del blog me cuenta muchas cosas al respecto.

Pues bien, leyendo muchas de ellas asumo que lo que aquí escribo, escrito queda, que soy guardián de mis palabras, como cuando despotrico de alguien o algo, sea en caliente o en frío, y dueño de mis silencios. Más no me gusta esa sensación de ser dueño del silencio, me gusta hablar, explicarme, leerlo y poder volver a ello si quiero, pero decirlo. Si alguien se ofende de alguna cosa que yo escribo puede simplemente enfadarse conmigo, ofenderse sin más, o además si quiere puede hacer el esfuerzo personal maravilloso y aconsejado de ponerse en mis zapatos, tratar de empatizar conmigo y pensar si él o ella pensarían igual o de diferente forma si estuvieran en mi lado de la playa, si estuvieran en mi ventana, en mi lado del río, en mi surco del mundo. Si alguien se deleita con algo que yo escribo puede hacer desde lo que hizo mi maravilloso amigo Pedro, que memorizó un trocito y me lo recitó, hasta cosas no tan memorables para mi pero si igual de reconfortantes que es disfrutarlo para uno mismo.

Hoy voy a contar una cosa que nunca he contado, yo crecí de repente. Imagino que todos vemos la vida como un día a día, un crecimiento de madurez constante que como esa gota del grifo que gotea sin fin va haciéndonos ser lo que vamos siendo minuto a minuto. No sé si vosotros podéis echar la vista atrás y encontrar un día, un momento, un acontecimiento bueno, malo, traumático, eufórico, el que sea, un zasss en tu vida, desde el que puedas decir “soy como soy desde ese momento”, yo si. Creeréis que exagero, que somos el resultado de todo lo que nos va ocurriendo y de la gente que nos rodeo y sus influencias. Y tenéis razón, lo que somos se va moldeando, se va enriqueciendo o empobreciendo, dependiendo de si eres una persona capaz de aglutinar en torno a ti a personas que te aporten valores o a personas que te resten valores, pero la esencia, el camino, la ruta es eso que se abre frente a ti y lo ves con claridad en el momento que creces, pues yo crecí de repente.

Si hacéis un esfuerzo memorístico y os retrotraéis a vuestra infancia, os veo como me veía yo, centrados en el día a día, despreocupados de esas cosas de los mayores, delante de ti no hay un camino, hay un bosque de árboles que solo te deja ver tus impulsos primarios, tus amigos, tu cole, tus cosas de niño. No piensas en como es tu mente, no descubres errores internos, no planificas el futuro personal, ni hay un recorrido como objetivo sino un “masticar el momento como se me antoja”. Si te imaginas años más tarde, no sé que edad deciros, ponte los 16 o así, ahí ya tienes un camino, has tomado una serie de decisiones internas sin saberlo que te han abierto un camino, puede ser un camino grande como una autopista que tienes clarísimo o un senderillo que a veces hasta no se ve bien por donde sigue, pero existe un plan de ruta. No hablo de estudios, de planificación laboral ni de esas cosas, hablo de rutas internas, de quiero ser una persona dependiente o no, me quiero abrir al mundo o cerrarme, como quiero vestir, con quien quiero estar, como quiero pasar mi tiempo, estoy ya buscando amor o necesidad de amistad, busco personas que me necesiten o me estoy buscando yo en ellas. Esas cosas las hacemos desde muy pronto, quizás son preguntas que nos negamos a nosotros mismos en esos primeros momentos, pero que están ahí y si analizamos luego con más madurez ves las respuestas que dabas ante esas cuestiones, igual hoy responderías de otra forma, pero esa no es la cuestión, porque ahora no eres tu con tu camino recién estrenado.

Yo no voy a hablar de como viví mi camino, al menos hoy. Yo simplemente quiero hoy contar que no sé como fue para cualquiera de vosotros, queridos lectores, pero yo pasé del bosque más absoluto al camino más clarividente en un solo día, en un zasss. Ese día no pasó nada traumático, al menos lo que se entiende por traumático en una familia, no murió nadie, no fue más que un día más. Tampoco voy a contar la anécdota, porque no es lo importante, pero ese día yo estaba comenzando el curso de octavo, seria finales de septiembre, y yo tendría 12 años, ese día simplemente me asomé a un balcón y escuché algo sobre mi, ese algo me mostró que yo reflejaba una personalidad que no quería reflejar. Alguien me abrió los ojos cruelmente y sin saberlo, aún hoy no lo sabe, yo en ese momento entendí, pero fingí que no pasaba nada en mi interior, sin despedirme los seguí, me dejé adelantar hasta quedar el último rezagado, al pasar por el portal de mi casa me baje de la bici y me fui a casa, ese no era yo, en ese momento tuve claro quien era yo. ¿Es ese el paso de niño a hombre?, no lo sé.

Quizás esta entrada por ser personal de más os aburra, a mi no, se que es de las que releeré. Quizás os haga pensar sobre vuestra propia vida, sobre cuando se abrió vuestro camino, si fue como me pasó a mi de un día para otro o fue un largo transitar hasta que un día echastéis la vista atrás y os distéis cuenta de cómo sois y de qué circunstancias os influyen en vuestras decisiones. La única realidad es que somos un espejo de confrontación de autoestima propia con patas, andamos por la vida nutriendo y desnutriendo nuestra autoestima, según la temática o la problemática nos sentimos más alzados o menos en la escalera de la popularidad, confianza y variedad de egos y tipos de absurdos dogmas. De ahí la increíble ascensión al reino de los cielos de nuestra sociedad de las redes sociales que nutren y desnutren nuestros egos sin parar. De ahí nuestra necesidad de ser amados u odiados, de ahí nuestra necesidad de tener razón y éxito, de tener pertenencias a cosas que me generen una estructura del propio yo.

Al final, solo quedan las personas. ¿Os he dicho ya lo que me encantan las personas?, repetidas veces. Saber de qué van, como esa autoestima les ayuda o les encoge, esa puesta en escena en distintas situaciones sociales, ese niño intimo que se esconde dentro y conocer lo que vio cuando vio claramente su camino, y qué decidió hacer cuando lo vió, seguirlo o dejarlo a un lado y atajar. No hay nada mejor que conocerse a uno mismo para poder ver a los demás. Y si ves a los demás y crees que en algo les puedes ayudar, les ayudas. Ya escribí aquí hace mucho que yo he venido a este mundo a ayudar, pero para poder ayudar de verdad hay que aprender a encontrar las maneras de ayudar, y de eso va hoy esta entrada. De aprender a hacer lo que a uno le hace bien.

Me despido con The War on drugs, no eran un grupo en el que yo me hubiese fijado mucho, pero ahora vienen y crean este pedazo de monstruo de 11 minutos de canción, 11 minutos que se te pasan rápidos. Me parece un temazo.

 

 

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