Descontando 2019

Los días se han ido cerrando, uno a uno, constatando los hechos, dejando la esencia salir mientras se abre al mundo la caída del aspecto. La brecha entre el niño que fui y el talento que llevo cada vez es más escasa, más de detalle fugaz y velero. Madurar es para mi volver a la inocencia de cuando eras niño venciendo todo lo que te dices a ti mismo sobre las experiencias vividas, los errores pasados y los avisos de enemigos ficticios o inventados.

Me encanta la ingenuidad. Me parece la capacidad más atractiva en una persona, ese punto de ingenuo, de crédulo, es para mi maravilloso. Y yo estoy en busca de ella, de mi ingenuidad más genuina. Este año que está a punto de irse me ha dejado bastantes vivencias, de las que espero haber aprendido cosas y desaprendido también muchas.

No he sabido decirme “No” a mi mismo muchas veces este año, pero es que ya no sé si eso es bueno o malo. Pero no saberlo me reconforta, ya que en esta idea de que madurar es desaprender, es volver a estado cero, es tabla rasa (que decían los griegos), me siento muy afortunado, muy en paz. Ser impulsivo siempre se ha visto como una característica más bien negativa, la idea desprende destellos negativos como hacer cosas sin pensar, derechas a equivocaciones, conlleva despistes, conlleva olvidar cosas importantes antes de tomar decisiones. Yo he sido bastante impulsivo este año, entendiendo por impulsivo darte un segundo, uno no más, el justo para escuchar a tu cuerpo antes de que tu cerebro comience a hablar, y lanzarte a la piscina, de cabeza y sin mirar.

Ya lo expliqué hace unos cuantos meses aquí mismo, mi impulso más primario fue cuando decidí no llevar la razón nunca más, ni pelear por ella, ni vencer o perder batallas por ella, que cosa más vacía e insulsa esta de la razón.Cambié la razón por la paz, y desde entonces me siento bastante mejor. Ayer mi querido Jordi Molina, un antiguo jugador mio, me vino a saludar en el pabellón de Molina pocos minutos antes del partido que jugamos ante Molina Junior, y entre las muchas cosas que hablamos en pocos minutos me acabo preguntando que por qué me había animado a volver a entrenar. En ese mismo instante un jugador de mi equipo que lo conocía también se paró a saludarlo, y yo aproveché cuando retomamos la conversación para llevarla en otra dirección, fuera de esa pregunta. ¿Qué por qué lo hice?, porque la respuesta más sincera hubiera sido: por impulso, porque me nació de las entrañas. Y probablemente esa respuesta hubiese dado lugar a una conversación más profunda y alargada de lo que podíamos tener en ese momento. La respuesta oficial es porque me volvió el mono, porque solo se vive una vez y a mi me gusta entrenar y toda esa parafernalia, pero la verdad es que no lo sé, me lo dijo mi cuerpo. Y unos días me parece equivocada y otros acertada, y otros muchos me parece una decisión neutra, como tantas y tantas otras, pero como juzgar es uno de los caprichos que procuro no permitirme tampoco me autojuzgo sobre mis impulsos, simplemente los llevo a cabo.

Así pues, y por ir abreviando sobre mis divagaciones, este 2019 me hizo volver a coger la pizarra de entrenador, y aunque parezco igual soy bastante distinto en mi manera de ejercer. Quizás solo unos pocos, aquellos que me conocieron bien en mi primera etapa y que me estén viendo ahora desde dentro puedan captar la diferencia, pero yo si me las veo, tácticamente, humanamente, en términos de exigencia o en términos de afrontar situaciones, pero existen bastantes distancias. El equipo va creciendo metro a metro, entrenando los partidos, jugando los entrenos, ya ha pasado la fase de facturar las maletas, de pasar por el arco de seguridad, ya nos hemos sentado y estamos a punto de emprender el vuelo. Ha sido muy distinto el proceso, más vulgar y sencillo, más directo y sincero. Todo esto solo lo entiendo yo, solo para mi queda escrito. En el fondo de mi ordenador.

Hoy no termino con una canción, ni con una recomendación en forma de película o de libro, hoy directamente voy a poner un poema como final de mi entrada, como final de este 2019. Este poema va sobre un mendigo, aunque yo leo en él la miseria del mundo y como de vacío se siente alguien cuando no encuentra su camino.

EL CÉNTIMO DEL ÁNGEL DE LA GUARDA

Mientras navega por sus hojas
y encumbra los secretos de su azar
hace como que se hace
una persona de un personaje,
vive como que lo vive
y vuelve a pensarlo en su viaje.

En las carreteras de sus orillas
se vienen a expresar sus sonidos
y se rinden ante su frío
y su rostro de mendigo.

Al anochecer dentro de un niño
resume aquello que no vale
y reescribe todo lo que le hace
quedarse dormido en un sueño
pero despierto mientras se enfría su aliento.

Pasan pero no
las horas de su tormento,
se ríen de su melena
y de su barba en el viento.

Pasan muy rápido las gentes
negándose a lo pedido,
nadie merece enfriarse
ni morir en el olvido,
“dadme una propina por algo
que sé que no he merecido”
muestra su cartel sin erratas,
quizás demasiado atrevido,
y vuelve a llegar la noche,
y vuelve a llegar el frío.

Esa noche llega alguien
cargado de poderío,
con luz para iluminarle
y fuerza para rendirlo,
y él se entrega a su signo
con fe, pero sin frío
y muere feliz pensando
que allí será distinto.

Al día siguiente encuentran
su cuerpo carbonizado
y un cartel que dice:
“sube conmigo a mi lado”,
ya hay otro en su esquina
y hace como que se hace
un cartel bien llamativo
que le consiga un buen viaje
y un puesto en el olvido.

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