Yo sé muy bien que el respeto no se regala.

No lo dudéis, lo aprendí hace muchos años, y de una de las peores maneras de aprenderlo que existen, que es dándome de bruces una y otra vez contra la realidad. También sé perfectamente que todos los dedos de las manos no son iguales, ni sirven para lo mismo ni se les tiene el mismo aprecio. Que haya gente que nazca con permiso para hacer casi lo que le plazca en según qué círculos no significa que a mi se me permita, aunque haya llegado ahí con los mismos esfuerzos (o más), aunque mi comportamiento sea el mismo (o mejor, si me apuran).

El otro día viví nuevamente uno de esos episodios de falta de respeto de los que ya hacía bastantes años que había olvidado el sabor, ese regusto amargo e impotente que te queda cuando te sientes maltratado. He tardado en escribir sobre eso porque ya tengo 42 años, y ya sé esperar mi turno, he aprendido a templar mi mente y a callar. Esta entrada va de cosas que me voy a callar.

Al parecer no gano nada despotricando una injusticia por aquí….., eso me quedó claro hace ya unos 8 años. Pero tampoco gano nada quedándome callado y dejándolo pasar, esa forma de vivirlo también la he probado, y bastantes veces, y al final vuelve a pasar. A colación con todo lo que mi mente viene rumiando estos días vino una jugada del Barcelona-Granada de primera división de fútbol de este fin de semana, cuando echaron con segunda tarjeta amarilla a un defensa del Granada por una acción que era una simple falta y poco más. Un árbitro de esos que comentan en un programa de televisión dijo que los árbitros tienen por norma que la segunda amarilla para expulsar a alguien tiene que ser una acción meridianamente clara, incluso algo más que una amarilla simple, porque la acción de expulsar a alguien de un campo debe estar lo suficientemente justificada para el perjuicio que acarrea al equipo que la sufre. Sé perfectamente que en nuestro deporte es similar la norma que tienen los colegiados para tratar una segunda técnica, para expulsar a alguien del banquillo debe ser algo que de verdad tenga la gravedad adecuada para hacerlo, no lo que hicieron conmigo.

No voy a entrar en más detalles, yo se que no caiga especialmente bien a algunos, pero es su obligación ser justos y ecuánimes porque llevan el traje de jueces del deporte puesto. Si para pitar lo hago desde mis emociones positivas o negativas hacia una persona o un equipo debo pedir que no me designen a ese equipo. Hay un buen puñado de árbitros con los que me llevo genial, y los que me conocen de años saben que hago auténticos esfuerzos en los partidos por empatizar y no gesticular y ayudar a su labor, porque vivo los partidos y soy caliente pero me reprimo y hago mis ejercicios mentales para entenderlos y respetarlos. Por eso, de los árbitros que sé que me tienen cariño no espero nunca arbitrajes a favor, ni que me pasen la mano. Les tengo cariño porque me han demostrado ser buena gente y tener las agallas de pitar lo que han creído justo. Y además dialogan, explican, escuchan y sonríen.

Yo sé muy bien que el respeto no se regala, al menos a nosotros. Espero al menos que la conciencia hiciera cosquillas, espero que al menos la dura realidad les haya enseñado la lección de que hay que merecérselo bastante más, porque si no ellos mismos se abocan a vivir un partido con un equipo sin entrenador, desnortado, donde todo vale y no puede surgir nada bueno. Las responsabilidades no existen solo a mi lado de la frontera.

Cuando todo el que lo vivió (grada, equipo propio, equipo contrario) habla de tremenda injusticia será por algo. Pero yo también me auto analizo, y me critico aquí, y me fustigo. Lo hice durante varios días, sé que aquí estaba una nueva lección de aprendizaje en mi camino. Mi lección es que mi respeto es más caro, que aún no lo he terminado de pagar, que nunca se me va a rebajar ni un céntimo del peaje y que caer en la rabieta solo hace que subir el precio. Mi envidia también está aquí aflorando fuerte, enfadada por ver a colegas con bulo en cualquier banquillo mientras los ojos se centran en mi un partido tras otro. Y a mi me toca decirle a mi envidia que así es la vida, unos suben en ascensor y otros peldaño a peldaño, y no es ni mejor ni peor, es lo que toca. Pero acallar a dos emociones internas tan potentes como la envidia y la necesidad de autocompadecerme no es sencillo, pero estoy en ello porque es mi trabajo interno, mi lucha por mejorar.

No soy quien para juzgar al árbitro, él seguro que también tiene sus propias luchas internas, como todos. Espero que me vuelva a pitar pronto para que mi dolor sane, porque una herida abierta no se cierra hasta que no se afronta. Espero saber callar entonces, callar del todo, porque mi respeto aún está por pagar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s